26 de febrero de 2012

El bosque de los corazones dormidos

Hace muchos años, hubo una joven princesa llamada Odelia. Sus padres, que deseaban que algún día se convirtiera  en una reina justa, la habían educado con dureza y disciplina. Juegos, risas, besos y caricias eran considerados distracciones que podían desviarla de su noble destino.
Un fatal día, los reyes fallecieron y Odelia tomó posesión de reino. Asumió sus obligaciones con entereza sin derramar ni una lágrima, pues no había tiempo que perder. Siguiendo el ejemplo de sus padres, trabajó duro para que aquellas tierras fueran prósperas y sus súbditos cumplieran a rajatabla leyes y normas. La joven reina suponía que eran felices.
Ella amaba la soledad. Y lo hacía hasta tal punto que, a veces, recelaba de su propia sombra. Cada anochecer, cumplidos todos sus deberes, se retiraba allá donde el silencio se hacía audible.
Movida por un extraño deseo, un día montó en su caballo y se alejó del reino. Después de horas cabalgando por polvorientos caminos, llegó a un bello y frondoso bosque. De pronto olvidó todas sus obligaciones y sucumbió ante la tentación de descansar en aquel hermoso lugar.
Estaba sentada sobre una piedra blanca cuando de repente descubrió en ella un corazón esculpido con una inscripción dentro: << María Abad vivió cinco años, cinco meses, una semana y tres días>>. Se sobrecogió al darse cuenta de que esa piedra era una lápida.

Odelia era una mujer dura, pero sintió tristeza al pensar que una niña tan pequeña estaba enterrada en aquel lugar.

Miró a su alrededor y vio otras piedras similares. Todas ellas tenían esculpido un corazón con un texto grabado en su interior.
<<Alfonso Ruiz vivió seis años, nueve meses y dos semanas>>, leyó en otra de ellas.
Odelia se sintió conmocionada.
Aquel hermoso lugar no era más que un cementerio de niños. Todas las lápidas mostraban el nombre y la edad de algún difunto. Le impactó comprobar que el que más tiempo había vivido apenas sobrepasaba los diez años.
Embargada por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar por aquellos pobres niños cuyas vidas habían sido tan breves.
El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí en aquel momento, la escuchó llorar y se acercó a ella. La observó en silencio un rato antes de preguntarle:
- ¿Lloras por algún familiar?
-No,no- respondió secándose las lágrimas-. Lloro por estos niños muertos. ¿Qué le pasa a este reino? ¿Qué terrible maldición pesa sobre él que os obliga a construir un cementerio solo para niños?
El anciano sonrió y dijo:
- No es una maldición. Se trata de una vieja costumbre.
- ¿Tenéis acaso por costumbre matar a los niños?- dijo incorporándose y desenvainando la espada.
-¡Claro que no! Guarde la espada y se lo explicaré.
Odelia obedeció.
-En este reino, cuando un joven cumple diecisiete años nuestro rey le regala una libreta como esta que tengo aquí - dijo sacando un cuadernito de su bolsillo.
Ella lo tomó con curiosidad y abrió sus páginas.
-Anotamos en ella cada instante en el que amamos de verdad. Solo cuentan los momentos en los que un amor puro invade nuestro corazón dormido. -El anciano hizo una pausa antes de continuar-. Cada vez que uno disfruta intensamente de un momento así, abre la libreta y lo anota. A la izquierda, describe la situación: un primer beso, una declaración apasionada, el nacimiento de un hijo... Y a la derecha, cuánto duró esa sensación de amor intenso, esa experiencia en la que el corazón parecía a punto de salírsele del pecho. Cuando alguien se muere abrimos su libreta, sumamos lo que ha amado y lo inscribimos sobre su tumba. En el bosque de los corazones dormidos solo cuenta ese tiempo, porque para nosotros es el único vivido.


Este cuento no me lo he inventado, lo he leído en un libro. Me gustó y quise compartirlo. La idea de sumar todo lo que hemos amado y ponerlo en nuestra tumba me parece preciosa, mucho mejor que poner nuestra fecha de nacimiento y fallecimiento.

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